Así que haces florecer tus verdaderas inclinaciones

¿Cuántas veces decimos sí cuando queremos decir no, cuántas veces nos adaptamos a las situaciones poniendo buena cara en el mal juego, cuántas veces nos dejamos vivir, incapaces de actuar de una manera verdaderamente auténtica? Al hacerlo, nuestras acciones no fluyen directamente: son complicadas, agotadoras y casi siempre irresolubles. Sucede en la familia, en la pareja, con los hijos, pero también con los amigos o en el trabajo, donde muchas veces nos sentimos lejos de la libre expresión de nosotros mismos. E incluso sucede en vacaciones, donde repetimos las mismas actitudes estresantes. Para salir de este círculo vicioso es imprescindible dejar de imitar modelos externos y controlar lo que pensamos, intentamos, decimos, para asegurarnos de que no estamos equivocados, de que somos “buenos”.

La única tarea: abrir los ojos

Dejar de mirar siempre hacia afuera permite que nuestra conciencia se expanda y consecuentemente la mente, ya no distraída por las preocupaciones, puede estar totalmente presente y receptiva, y hacer el mejor uso de cada canal: los sentidos, las percepciones, el sentido del olfato natural que todos poseemos. Redescubramos la curiosidad, la creatividad y, sobre todo, las acciones simples, eficaces y directas, porque ya no se ven obstaculizadas por conflictos o por pensamientos inútiles como: “¿Qué pensarán de mí? ¿Lo estoy haciendo bien?”. Aquí hay tres simples operaciones para ayudarnos a lograr esta meta decisiva.

Vivir un día como una hoja de papel en blanco

Durante veinticuatro horas intenta vivir literalmente el día: no hacer planes de ningún tipo evita las citas fijas, improvisando a partir de sensaciones de piel, como si “hoy” fuera para ti una hoja de papel completamente en blanco. La verdadera libertad consiste en quedarse en lo que sucede de vez en cuando, sin forzar situaciones ni planificar el futuro. Y deja el reloj en casa: el momento de la felicidad no es el de las manecillas y nunca como en las vacaciones se puede realizar.

Hacer lo contrario

Experimentar acciones inusuales que son ajenas a tus hábitos te ayudará a desbloquear tu mente, liberándola de los habituales “coros”. De este modo, habrá espacio para una mayor espontaneidad. Intenta preguntarte: “¿Qué voy a hacer ahora, en lugar de hacer los movimientos habituales? Escoja una playa inusual, pase el día con diferentes personas, haga actividades de las que normalmente no se sienta cómodo. ¿Prefiere leer bajo el paraguas? Hoy haces deporte! ¿Ya sabes que esta noche te espera el clásico aperitivo? Huye a un pueblo cercano, hay un programa en la calle que no les gusta a tus amigos, pero que se burla de ti…. Lo que dejes de hacer dejará un vacío y de ese vacío brotará algo que ya vive dentro de ti.

Usa tu imaginación y conviértete en quien realmente eres

¿No te aburres de ti mismo a veces? ¿O para fantasear sobre lo que sería ponerse en el lugar de otra persona? Ser él, o ella, por un momento, vivir su vida…. Después de todo, lo que más nos cansa es llevar nuestro carácter habitual. Convertirse en otra persona por un día es una experiencia electrizante: puede ayudarnos a quitar la vieja pátina y a sacar a la luz auténticos impulsos y deseos. ¿Quién te gustaría ser? ¿Un viajero? ¿Una actriz? ¿Un monje? Elige lo que quieras y trata de imaginarlo, luego trata de dibujarlo, o descríbelo por escrito; agrega detalles de la cara o el cuerpo (diferentes a los tuyos), imagina características, cuenta episodios que imaginas que vivió…. Durante el día, mientras haces las cosas habituales, vuelve con tu mente a esa imagen, piensa en lo que él haría. Con un poco de coraje, trate de atreverse: cambie su cabello, ropa o actitud para parecerse a él. En las culturas tradicionales el cambio de nombre era un ritual fundamental de paso: marcaba el tránsito hacia una identidad más evolucionada. Experimente esto con el mismo espíritu.

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