Ceder a la insatisfacción lleva a la depresión

Ejemplar en este sentido es la historia de Carla: 55 años, empleada, soltera e infeliz. Dice que tiene suerte de recibir un salario que le permite vivir con dignidad pero, al mismo tiempo, su trabajo no la gratifica en absoluto y se siente obsesionada con los gastos fijos: “Siempre tengo la impresión de que el dinero no es suficiente. Las distancias y el tiempo entre la casa y el trabajo y el hogar son demasiado largos: me levanto muy temprano y, por la noche, tan pronto como termina la cena, sólo quiero acostarme. Intenté dedicarme a diferentes cursos y actividades sin sentir nunca ningún entusiasmo, tanto que ahora ya no quiero hacer nada. La actitud de Carla enmascara claramente una depresión que ella lucha por reconocer: quejas generalizadas, falta de interés o de perspectivas, fatiga diaria y falta de energía.

La estasis es la antesala de la depresión

El estado de depresión de Carla se pone de manifiesto no sólo por los contenidos, sino también por la forma en que los expresa. Incluso cuando habla de amor, muestra descontento y remisión: “Una vez quise darme el gusto de vivir una aventura con un hombre casado, seguro de que no volvería a verle nunca más… pero siguió llamando y le dije que sí. El problema es que entre una reunión y otra nunca me busca, ni tampoco intento perseguir a los que están demasiado distraídos. Han pasado 15 años, emocionalmente me siento muy distante de él ahora, pero no puedo cerrar porque me digo a mí mismo que, de todos modos, mi vida no cambiaría. Es aquí donde Carla se equivoca y parece que ella misma lo sabe, cuando añade: “en realidad este pensamiento me perturba; junto con la insatisfacción de mi vida me crea continuos pensamientos engorrosos y redundantes”. La eliminación y el pensamiento obsesivo son fuentes de alienación capaces de vampirizar el entusiasmo y la energía como pocas otras cosas hasta el punto de llevarnos a los brazos de la depresión y. La energía psíquica, en particular, se alimenta de imágenes, espontaneidad, acción. Por eso, en el pantano emocional en el que se encuentra Carla, no puede evitar empeorar su depresión, haciendo que sus días sean cada vez más planos y agobiantes.

Si la mente niega el malestar, el cuerpo lo amplifica

La depresión latente de Carla ha alcanzado un nivel tal que también compromete su bienestar físico: “Desde hace algún tiempo tengo un malestar constante: uno pasa y otro ocurre. La otra mañana, después de otro torbellino de pensamientos, vi en el espejo la cara de un extraño. ¡Fui yo!”. Es sólo en esta última declaración que Carla admite abiertamente su incomodidad al ignorar, por un momento, el tono frío y resignado de todo su correo electrónico. Esa cara desconocida dio en el blanco: ¡es su depresión la que la mira! Inesperadamente, una imagen fue suficiente para silenciar el volcán de pensamientos que la estaban aplastando. “Fui yo”, dice, sorprendida, pero dice exactamente lo contrario: ¡no puedo ser yo! Es precisamente el pensamiento repetitivo el que agota a Carla de la energía que necesita para cambiar su existencia. Por eso te sugerimos que prestes atención a esa imagen que tanto la sacudió, dejando de lado la remodelación. Sólo así encontrarás la fuerza para poner fin a una historia que te mortifica y te hace sufrir: el primer paso para encontrar en el espejo el rostro de una Carla vital y plena.

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