Cuando las palabras hieren el alma

Todos los días, en un tren de cercanías, en el metro o en otros lugares concurridos, podéis ser espectadores de diálogos similares a los siguientes: “Sabes, ayer vi a Marisa, ni siquiera me saludó, creo que sigue enfadada conmigo desde ese momento en que le mentí delante de todos. Es una pobrecita, lo siento por ella, es una tonta”, dice una mujer a sus amigos. Otra mujer continúa: “Mi hija rompió con su novio, era un chico de oro, esa chica quiere hacer todo con su cabeza pero no entendía que en la vida quien quiera demasiado…”. Y otra vez: “Me siento hinchado, no como nada y aún así me saqué los pantalones del año pasado y ya no entro”, continúa un tercero, y así sucesivamente…. El pequeño teatro es siempre el mismo y, si se mira de cerca, los temas son más o menos siempre los mismos, en rotación. Es cualquier cosa menos un diálogo: todas estas personas parecen decididas a entrar en la conversación y escuchar más a sí mismas que a los demás.

¿Hablar siempre ayuda? No!

¿Es bueno para nosotros hablar así de nosotros mismos a los demás? ¿Es bueno para el alma? Todos estamos convencidos de que hablar de nosotros mismos y desahogarnos nos ayuda a sentirnos mejor, pero no hay nada más malo. Es el silencio, que es el cambio de la mente de la atención obsesiva a un problema que activa la química de la autocuración en el cerebro porque estimula la producción de sustancias presentes naturalmente en los estados de bienestar. Algunas palabras, por el contrario, sobre todo si se repiten, cansan el cerebro y debilitan su capacidad terapéutica, sobre todo el discurso obsesivo de sí mismos, de sus propios acontecimientos, de su pasado. No es bueno contarle a todo el mundo las propias molestias; por el contrario, las palabras con las que las decimos y los consejos que pedimos prolongan el sufrimiento y crean otros nuevos.

Vivir de la charla hace esclavos

Cuando hablamos de nosotros mismos a los demás, a menudo ponemos en escena al mismo personaje: hay quienes se quejan constantemente y descargan sobre los demás sus lloriqueos (“¡Qué mala suerte tengo!”); quienes son devorados por un rencor eterno y necesitan venganza (“¡Les mostraré!”); quienes comentan todo desde la cima de sus convicciones (“Tú lo descubriste ahora…. lo entendí a los 10 años”)…. Las palabras son como las semillas: producen frutos y estas son las miradas con las que se nos percibe y con las que nos vemos. Cuando estamos enfermos, sea lo que sea que nos haya pasado, no debemos ser los protagonistas: debemos apartarnos, no debemos hacer nada, renunciar a encontrar la solución inmediatamente. Todo el mundo está convencido de que se siente mal por lo que les ha pasado: un marido que no nos entiende, un abandono, una pelea con sus hijos, pero esto no es más que el detonante de los acontecimientos. Las molestias son mensajes del alma y vienen precisamente a hacernos olvidar en lo que nos hemos convertido, ese carácter que creemos que somos, que nos ha llevado a estar enfermos. Hablar de los propios problemas significa alejarlos de las profundidades, el único lugar que puede resolverlos, y llevarlos a la superficie, donde se ensucian. Las incomodidades sólo se superan dejando nuestra propia identidad superficial, porque ella es la que las desató: mientras permanezcamos apegados a nuestra identidad no podemos estar bien. Es mejor cultivar el silencio, volverse un poco más secreto, dejar de exponer todo de uno mismo a los demás. Sólo en las profundidades, en las tinieblas de nosotros mismos, las cosas se establecen, solos….

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