El arte de contar historias, un privilegio de los ancianos

En el pasado, la figura del anciano era muy apreciada en las sociedades tradicionales, representando simbólicamente el rasgo de unión entre las nuevas generaciones, deseosas de probar suerte en la vida, y la riqueza de la experiencia del pasado. El “anciano sabio” o la sabia “encarnaban” un papel fundamental: dar a ese impulso juvenil un contenedor, una frontera, evitar la dispersión de la energía y “canalizarla” en acciones útiles para la propia comunidad. Para ello, una de las herramientas más útiles fue la historia: en el campo sigue vivo el recuerdo de las largas noches de invierno en las que, al fuego de una chimenea encendida, los ancianos contaban a los niños y jóvenes historias, mitos y leyendas del pasado. La transmisión del conocimiento no se limitó a lo que es útil para la supervivencia; el sentido de comunidad, de hecho, no se basa sólo en la división de los roles sociales y en la transmisión del conocimiento “práctico”. Los símbolos son necesarios y abundan precisamente en las historias y leyendas que constituyen los cimientos de la unidad entre los hombres.

De todo esto, muy poco sobrevive en la civilización contemporánea: con el triunfo de la modernidad, los mitos antiguos se han hundido, los narradores parecen figuras un poco patéticas de un pasado lejano, las leyendas pueden ser a lo sumo narrativas intrigantes, pero nada más. Nada grave, se dirá, es el precio del progreso, que nos ha dado tantas comodidades para superar en gran medida las pérdidas. Pero no, esta pérdida no puede ser compensada, porque nada puede sustituir a una historia, que se compone de atmósferas, sugerencias y poesía. Si el hombre moderno, en muchas circunstancias, aparece tan alienado, solo y a merced de los acontecimientos, es también porque ya no está anclado en el pasado “mítico” de su comunidad, porque se han perdido los vínculos con ese mundo imaginario, sino que es rico en emociones que eran las narraciones de los ancianos.

Los ancianos, narradores natos…. Recuperar el papel del narrador del anciano parece utópico, pero no lo es. Por poner sólo un ejemplo, la confrontación con poblaciones procedentes de otras partes del mundo como resultado de los movimientos migratorios nos “obligará” a revisar muchos de nuestros códigos culturales, entre los que destaca la relación entre jóvenes y ancianos, que en las comunidades de las que proceden estos hombres y mujeres, a menudo sigue estando ligada a tradiciones orales que nosotros hemos desaparecido. En muchas organizaciones de voluntarios, la gente hace esto: cuentan historias a los jóvenes y a los niños. Este trabajo aparentemente sencillo es fundamental para el equilibrio psicofísico de estas personas desafortunadas. Debemos recordar: el anciano es un narrador por naturaleza: si quiere estar bien debe empezar (o empezar de nuevo) a contarnos una bella historia…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *