El carácter es tu verdadero rostro

“Un arroyo que fluye es siempre el mismo arroyo, las mismas briznas de hierba se doblan en la parte inferior debajo del arroyo. Pero esa corriente tiene su belleza, su significado, su poesía. También cambia y se renueva, pero, por así decirlo, cambia repitiendo la nota dominante de su ser”. Esta metáfora de Cantoni es esclarecedora para entender la naturaleza del carácter. Los hombres son impulsados por una energía natural incesante que infunde en cada uno una huella dominante: el carácter . Una huella que, como síntesis de nuestras inclinaciones más íntimas, tiene el valor de un destino personal, como confirma Heráclito: ” El carácter es destino “. Un destino que se abre al horizonte de la vida desde el nacimiento, como señala Hazlitt: “Nadie ha cambiado nunca de carácter desde que cumplió dos años: de hecho, me atrevo a decir, desde las dos primeras horas de vida. Podemos, en virtud de la cultura y de la oportunidad, corregir nuestros caminos o, por el contrario, empeorarlos… Pero el carácter, la inclinación interior, original, permanece siempre el mismo, fiel a sí mismo hasta la muerte”. En definitiva, el personaje configura -según Schopenhauer- el núcleo profundo de actitudes que nos hace únicos: “Lo que uno es para sí mismo, lo que lo acompaña en la soledad y lo que nadie puede dar y nadie puede quitarle es más importante para él que lo que puede poseer y todo lo que puede ser a los ojos de los demás”.

El personaje revela nuestra alma

A veces la energía natural que da impulso al personaje tiene un poder similar al de la marea alta. A veces se parece a la tierna voz de una flauta tocando dulces melodías. Pero sigue siendo una fuerza: nuestra fuerza más íntima, que nos hace partícipes del juego que tiene lugar en la escena del universo. Nos permite sentirnos parte de un todo. Sin embargo, a veces mostramos intolerancia hacia nuestro carácter, como lo señala Emerson: “Carácter: todo el mundo tiene una idea equivocada de él, lo odia y lo persigue sobre la base de esa idea. Nos gustaría cambiarla, corregirla, mejorarla. Esta es una actitud irracional, dice Lichtenberg con razón: “En el carácter de cada hombre hay algo que no se deja quebrar: el marco del carácter. Querer cambiar es como querer enseñar a una oveja a hacer el traspaso”. Una actitud absurda, porque significa sofocar la luz interior a cambio de una reverberación opaca tomada de la educación y de los modelos que se ofrecen a diario. Más insensato aún, porque nos empuja dolorosamente a juzgar, o peor aún: a aceptarnos sólo a condición de complacer a los demás. Es una línea de vida que transforma el tranquilo paisaje de nuestra alma en una cadena montañosa de ansiedad escarpada y nevada. Es un error que De Chamfort nos invita implícitamente a evitar con esta pungente metáfora: “Los que se refieren a la opinión se asemejan a los comediantes que actúan mal para conseguir los aplausos, cuando el gusto del público no vale nada…”.

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