Junto al mar, en busca de la paz interior

“Aquí está el mar….aquí podemos olvidarnos de la ciudad… Ahora todo está en silencio! El mar se extiende pálido y brillante, no se puede decir una palabra. El cielo ofrece su eterno y silencioso espectáculo vespertino con colores rojos, amarillos, verdes, no se puede decir palabra. Las pequeñas rocas y cadenas rocosas que descienden al mar, como para encontrar el lugar donde estás más solo, no pueden decir palabra. Esta inmensa imposibilidad de hablar, que de repente nos atrapa, es bella y escalofriante: el corazón está hinchado”. El gran filósofo alemán Friedrich Nietzsche muestra con estas palabras cómo el canto del mar, después de habernos empujado a las orillas de la maravilla, no termina en la orilla: sino en nuestros corazones. La gran extensión de mar nos enseña a sacar del agua nuestros pensamientos, la inquietud, la ansiedad, los recuerdos del pasado para hacerlos extinguir y desaparecer de nuestro campo de atención. Además, la composición y descomposición rítmica e incesante de sus ondas imprime la marca de la eternidad a los momentos fugaces del día. Y nos prepara para sentir el aliento del silencio interior. Redescubrir la melodía de los días de asombro que durante tanto tiempo han acompañado a nuestra infancia…..

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El silencio sana y desvanece la ansiedad

El mar, que una vez entró en nuestros corazones con un arco iris de imágenes que emiten resonancias brillantes, también se ofrece como una valiosa fuente de otros estímulos. Nos ayuda a entender que el tiempo de un día festivo elegido sin pedir permiso a nadie, es el tiempo de atención y amor propio: nos permite encontrar los recursos para dirigirnos a los demás. Es un tiempo inmóvil, desprovisto de expectativas, que -como dice Gaston Bachelard- “se desarrolla tanto en la dimensión de lo íntimo como en la dimensión de lo exuberante” porque enciende nuestra imaginación y nos aleja de los pensamientos. De esta manera, el mar nos advierte de no concebir las vacaciones como el negativo fotográfico de la vida urbana: la naturaleza no podrá golpear la ventana con sus suspiros apenas murmurantes para liberarnos del estrés y la ansiedad cotidianos.

Deje que sus preocupaciones desaparezcan

A la naturaleza no le gusta la planificación de los días, los itinerarios perfectos estudiados en la mesa, la repetición de los hábitos habituales. Para que juegue su papel liberador, sólo nos pide que acojamos sus silencios y formas dentro de nosotros. Asegurarse de que el sentido de paz que les acompaña entra en el alma como en una catedral silenciosa: “El silencio no debe ser cultivado, ni provocado deliberadamente; no debe ser buscado, ni pensado, ni meditado. El silencio viene sólo con la ausencia de deseo”, recuerda Krishnamurti, el gran pensador indio. Un silencio que, como una fresca brisa de verano, nos quita las nubes de nuestras ansiedades.

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