La felicidad llega…. si no la buscas!

La felicidad no es una dicha perenne….

Cuando hablamos de felicidad la mente corre hacia una especie de anuncio brillante donde la gente se llena de alegría por todos los poros, inmersa en un estado de eterna felicidad donde todo funciona a la perfección: las situaciones externas coinciden al 100% con sus expectativas, siempre están rodeadas de gente amigable, estimulante, ingeniosa, inteligente, entusiasta, altruista, sana, elegante, que vive en un ambiente hermoso y todo fluye como un placer. Gran alegría, la relación con el socio respectivo es un idilio. Y al final, un calmante “y todos vivieron felices para siempre” resuena. Es como estar en el País de las Maravillas, sumergido en un cuento de hadas increíble. Increíble, de hecho.

¡pero no es por eso que no existe!

Cuando despertamos de este sueño despierto, nos damos cuenta de que nunca se hará realidad y por la ley del contrapeso terminamos convenciéndonos de lo contrario: que la felicidad es imposible de lograr y aún más de mantener. Así que “¡la felicidad no existe!” Es una quimera, a lo sumo puede haber momentos fugaces en los que nos divertimos, nos sentimos eufóricos, estamos despreocupados, pero entonces los problemas, los imprevistos, las peleas, las decepciones, los abandonos, las enfermedades, los fracasos nos reabsorben y se traducen implacablemente en una firme creencia: la felicidad no es de este mundo. Pero en realidad incluso esta visión es errónea y depende básicamente de una forma particular de orgullo, de la presunción de saber cómo son las cosas, de esta convicción profundamente arraigada de que el hombre puede disfrutar de la felicidad sólo en momentos raros y fugaces. En realidad, no podemos disfrutar de la felicidad por una razón muy trivial: la estamos persiguiendo en la dirección equivocada.

Búscalo y no lo encontrarás

En cada situación de la vida cotidiana se nos ofrece la oportunidad de conquistarla o perderla: depende sólo de nosotros y de nuestra actitud mental. La alegría de vivir no viene de una situación externa favorable, sino de una dimensión interior en la que aprendemos a sumergirnos. Simplemente tenemos que dejar espacio para un comportamiento diferente al que no nos resistimos, y para ello no hay otro camino que observar todo lo que sucede dentro de nosotros, aceptando todo, sin juzgar nada. Somos la fuente de nuestra felicidad : no el mundo, no el trabajo, no las relaciones. Sólo así podremos evitar ese círculo vicioso de creencias que nos lleva a creer que ser feliz es una meta inalcanzable. Después, el camino va cuesta abajo.

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