La pareja es…. ¡en tres!

Es el sueño de muchos: encontrar una pareja que, además de reciprocar el amor que sentimos por él, tenga tantas afinidades con nosotros; formas de sentir, de vivir el tiempo, de mirar dentro, de divertirse y de buscar. Pero no es sólo un sueño: en muchos casos, al principio de una historia, parece factible. El entusiasmo de los primeros días hace volar a los dos amantes, que se sienten en gran armonía. Sin embargo, a menudo basta con esperar un tiempo para encontrar a esta misma pareja en grandes dificultades: descontento, intolerancia y malentendidos mutuos, en un esfuerzo de adaptación que puede llegar a ser agotador. ¿Pero por qué las cosas son así? A pesar de la gran diversidad de situaciones, muchas personas cometen un simple error “técnico”, es decir, no son capaces de modular el compartir el tiempo y el espacio dentro de la vida de una pareja.

Simbióticos y desconocidos
Vamos de un extremo al otro. Hay quienes desde el principio lo hacen todo juntos: lo comparten todo y donde hay uno también hay otro. Pero este compartir total se transforma en poco tiempo en el hecho de que sólo hacemos lo que podemos hacer juntos, es decir, seguimos una especie de mínimo común denominador, del que se excluyen todas las actividades que no afectan a ambos, recortando así una buena parte de la realidad individual de cada uno. Y hay quienes hacen exactamente lo contrario, sobre todo después de que empiezan a vivir juntos y nacen sus hijos: los intereses personales están claramente separados de la vida en común y sólo se comparten las cosas funcionales, ligadas a los deberes familiares, con la inevitable consecuencia de convertirse en casi dos extraños el uno del otro, mentalmente asociados a la idea de fatiga y rutina.

Errores que no se deben cometer
Algunos de ellos implementan una variante de esta última actitud: comparten sólo lo que viven con sus amigos, en compañía, dando lugar al mismo tiempo a una realidad paralela aparte, estrictamente individual y a veces secreta, de la que el otro no sabe nada y en la que se desarrolla una nueva personalidad que contrasta con la presente en la pareja. En la práctica, los amigos se convierten gradualmente en la única área en la que los dos encuentran puntos de contacto y puntos en común. Con la llegada de la rutina, uno deja de ser curioso sobre los intereses del otro: en el trabajo diario, uno se establece en una visión usual de la pareja y ya no trata de ver en su mundo una fuente de novedad y enriquecimiento.

¡No eres dos, eres tres!
Son estrategias que tarde o temprano producen una crisis de pareja, porque al menos una de las dos empieza a perder el equilibrio adecuado entre la vida compartida y la individual, así como la calidad de ambas. Poder compartir -no al principio, cuando el entusiasmo esconde dificultades, sino con el tiempo- es un arte que requiere inteligencia y dedicación y que debe ser aplicado de vez en cuando a los cambios y situaciones que surgen. Un arte que, para funcionar, debe dedicarse con igual pasión a tres áreas: las dos vidas personales y la de una pareja .

Estrategia compartida
Los ritos, las pasiones y los intereses individuales y compartidos deben encontrar el espacio adecuado para nutrir las diferentes necesidades de los tres organismos presentes en la pareja: tú, yo y nosotros. Por supuesto, todos sabemos que los compromisos diarios, especialmente en una familia con hijos, hacen imposible satisfacer “todo”. Por lo tanto, es importante decidir juntos cuáles son las cosas a las que no se puede renunciar, es decir, las cosas que son indispensables para que estos tres organismos se sientan vivos, para que todos sean amados y protegidos de la misma manera. Por lo tanto, no es sólo una cuestión de afinidad, porque la afinidad no es suficiente: debe ser cultivada y alimentada a lo largo del tiempo. La verdadera afinidad es la capacidad cómplice de dividir y compartir.

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