Las palabras adecuadas salvan a la familia

Existen reglas precisas a seguir si el “menage” familiar se encuentra con algunas dificultades o si queremos recuperar la energía de los primeros días, y estas reglas se relacionan principalmente con el lenguaje y la comunicación . La familia es el lugar de la escucha por excelencia y, por tanto, el “lugar del presente”: basarse sólo en el pasado para formular juicios puede impedir que veamos las novedades, que captemos los cambios que se están produciendo y que ayudemos a los que llegan.

-No hay polémica en la mesa
El mayor número de conflictos domésticos estalla en la mesa cuando la familia se reúne. Una buena regla empírica es evitar discusiones en esta ocasión cuando es el momento de enfocarse en los colores, olores y sabores de los alimentos y no en el de tratar y resolver problemas o incluso en el de las noticias o los dibujos animados. Acostumbrémonos a comer en silencio, tal vez con música de fondo, centrándonos en la comida. O, si vas allí, hablemos de más y menos, sin expectativas…

– No te tomes por sorpresa
Si queremos que nuestras familias realmente nos escuchen, les preguntamos cuándo y dónde hablar de lo que queremos discutir con ellos. Tal vez no estén disponibles inmediatamente, a veces nos parecerá que quieren evitar la discusión. Pero si los tomamos por sorpresa en la mesa, en el dormitorio o delante del televisor, seguramente ya no estarán dispuestos a escuchar.

-Sin perjuicio
Las familias con trastornos psicosomáticos suelen utilizar métodos de comunicación rígidos y repetitivos: filtran la expresión de sus propias emociones y se enredan en las emociones del otro, leyéndolas en sus pensamientos. Decir: “Ya sé lo que dirá” es negar la escucha y a menudo nos lleva a reaccionar ante algo que no existe. Aceptar el silencio de los demás, esperar a que se expresen y escucharlos con plena participación son reglas de oro para una buena comunicación familiar.

-No a la consistencia a toda costa
Queremos ser consistentes y estar enojados cuando nuestro cónyuge, hijos o padres no lo están. Pero este problema de consistencia nos está llevando por mal camino. “Sólo los tontos no cambian de opinión”: la búsqueda de coherencia a toda costa esconde prejuicios sobre nosotros mismos y nuestras familias. Así que deformamos nuestra comunicación y atamos arbitrariamente lo que sentimos ahora al comportamiento pasado, dándole al otro el poder de hacernos sentir de una manera u otra.

-Suspendemos la sentencia
De vez en cuando recordemos que nuestra familia, por la naturaleza misma de sus vínculos, es el lugar donde somos más ricos en prejuicios que guían la comunicación. Creyendo que ya sabemos de antemano cómo son los miembros de nuestra familia y lo que nos dirán, cada palabra que decimos contiene y esconde juicios ya hechos y estas ideas preconcebidas deforman y desvían la comunicación. Suspender los juicios pasados por otro lado es un paso necesario para una comunicación más directa: especialmente en la pareja tratamos de comunicarnos de manera constructiva, sin creer que ya sabemos lo que nuestra pareja ama, odia o cree.

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