Llena tu energía si no dejas de jugar.

¿Qué te gustaba hacer cuando tenías seis años? El secreto está ahí

Te proponemos un ejercicio sencillo: intenta recordar cuando eras niño y no podías esperar a levantarte por la mañana para “hacer esa cosa allí”, la que realmente te gustaba…. Era quizás un juego que te gustaba, o una revista que te interesaba tanto, o un deporte que te apasionaba, o la nueva moto que te habían regalado…. Pudiste pasar toda la semana esperando ese momento, fantaseando, saboreando, acariciando la idea de tener por fin esas páginas en tus manos o de llenar tu bolso con camiseta y pantalones cortos con globos. En esa espera, se formaron imágenes dentro de ti y se destilaron las “sustancias” capaces de hacerte latir. Entonces llegó la novedad y llenó por completo tu día: en esas horas no había nada más. Y no importaba que, por ejemplo, si era un deporte, eras una promesa o no: la diversión y el placer de hacerlo hacía que todo lo demás pasara a un segundo plano.

Activar un fusible que se enciende de nuevo

Un error común en la edad adulta es pensar que la habilidad de volverse apasionado se desvanece con el final de la niñez. Todavía está presente hoy, aunque a menudo lo olvidamos. No hay necesidad de volver a comprar, por ejemplo, esos cómics para despertarla: hoy esa necesidad de novedad y espera puede encontrar otros canales. De vez en cuando, repensar “tu mismo hijo” es un excelente ejercicio para volver a poner en circulación las sustancias que ayudan a recuperar el placer de vivir.

¡No necesitas otra vida, pero tira el protocolo habitual!

El mundo de los que han perdido el entusiasmo tiene algunos rasgos típicos: toda su vida parece haberse reducido progresivamente a la rutina, es decir, a las acciones que “hay que hacer” por obligaciones sociales o familiares. Acciones que ya no tienen sabor, que se hacen con esfuerzo y esfuerzo. El punto central es precisamente este sentimiento subjetivo: incluso aquellos que viven con entusiasmo a menudo tienen las mismas obligaciones, pero no las sienten como una carga, al contrario, las afrontan con ligereza y alegría.

El bar donde almuerzas, el camino al trabajo, el vestido, la rutina de la noche… Quien se siente mal nunca se atreve, nunca se deja guiar por una intuición, tiende a encerrarse en estos hábitos sin darse cuenta de que eso empeora la situación. Entonces trata de romper el protocolo desde este lado de tu vida.

Haga una lista de todos los hábitos diarios que no han cambiado en mucho tiempo y, uno al día, trate de “perturbarlos”, insertando noticias improvisadas, completamente improvisadas. Mientras lo hace, preste atención a lo que está sucediendo, abra bien los ojos y los oídos, pruebe cada detalle. Impresiones inéditas pueden cambiar su estado de ánimo para mejor y despertar sus sentidos de sueño.

Bueno para renovar el cerebro

El cerebro es capaz de renovarse continuamente a través de la construcción de nuevos circuitos neuronales. Lo que bloquea es la rutina. Por el contrario, llenar nuestra vida de acciones placenteras la despierta y desencadena nuevas conexiones, reactiva los recuerdos y las sensaciones enterradas y es la mejor premisa para la formación de percepciones preciosas, capaces de dirigirnos hacia las cosas que nos hacen sentir realmente bien.

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