Los recuerdos: ¿buenos o malos?

¿Para qué sirven las memorias y las memorias?

La memoria y los recuerdos representan la “huella” de nosotros mismos y como tales son fundamentales para poder reconocernos en el mundo y reconocer el mundo mismo.

Es innegable que desde el punto de vista evolutivo la memoria es un aliado precioso para el hombre. Si no hubiéramos tenido la capacidad de fijar la experiencia adquirida a lo largo del tiempo, no hubiéramos podido evolucionar tan rápidamente, aprovechando las adquisiciones de los que nos precedieron a lo largo de los siglos. No sólo eso, también en el desarrollo individual la memoria juega un papel esencial: es la memoria de la combustión la que mantiene al niño alejado del fuego. El uso de la memoria por parte del niño en este sentido es adecuado y funcional. Pero sería diferente si en lugar de registrar el acontecimiento y actuar en consecuencia, el niño empezara a pensar en todo lo que se le parece vagamente o si construyera toda su vida en torno a esta experiencia. Puede parecer paradójico, pero es precisamente esto lo que nosotros, los adultos, utilizamos a menudo para memorizar.

Reducir las memorias para hacer el mejor uso de la memoria

Debemos tener cuidado de no confundir la memoria que cuenta con la que pasa, la de superficie, que se funde en una nada. Cuando en realidad nuestra memoria se va, como las hojas en otoño, es una señal de que esos recuerdos han hecho su tiempo. Tienen que salir para hacer espacio para más. En lugar de preocuparnos, de preguntarnos cómo mantenerlos, en lugar de tomar medicamentos, tratemos de pensar que en la vida hay cosas que importan y otras que no, y que nuestra memoria sabe perfectamente cómo comportarse. Por el contrario, gracias a sus “recortes” podremos finalmente comprender quiénes somos y qué camino debemos tomar. Tratemos de pensar así: “¿He olvidado tu número de teléfono? Tal vez no quiera oírlo más. Ya no recuerdo el sufrimiento que sentí? Probablemente lo superé. ¿He olvidado mis compromisos? Busco una actividad diferente y más estimulante. ¿Siempre me viene a la mente ese nombre? Es alguien que me importa más de lo que pensaba. ¿Nunca he olvidado esa afrenta? Tal vez ya no pueda ignorarlo. La memoria no es un empleado que hace su trabajo mecánicamente, sino que es el precioso repositorio de un proyecto misterioso, el nuestro. Ya sabes a dónde llevarnos: la memoria y el olvido, de hecho, son como su mano derecha e izquierda que se alternan sabiamente para tejer la trama de nuestra existencia.

La relación con las memorias: errores a evitar

Cuando un me acuerdo viene a visitarnos podemos elegir lo que hago con él: lo que hace que se convierta en una carcoma, una obsesión, un recuerdo doloroso son operaciones mentales que hacemos sin darnos cuenta. Veamos qué son.

– Queja o victimización

Los recuerdos de experiencias dolorosas nos devuelven a una imagen débil y perdedora de nosotros. Si éramos frágiles en esa ocasión, no significa que siempre lo seremos. A menos que nos identifiquemos con esa imagen de nosotros mismos al seguir evocándola.

– Juzgando el pasado

¿La memoria de un error sigue ardiendo como una herida abierta? Es una señal de que nunca nos hemos perdonado a nosotros mismos. Pero teniendo eso en cuenta, en realidad sólo repetimos el proceso y la condena de nosotros mismos o de los demás. Buenas condiciones para la reincidencia.

– Buscar explicaciones

No siempre es fácil entender las razones de lo sucedido. No será exprimiendo nuestros cerebros y recordando todos los detalles que encontraremos una explicación…. Acabaremos construyendo uno, así es. Por lo general, son incorrectos y engañosos.

– Escapar a la nostalgia

Esto sucede especialmente cuando el presente es pobre y decepcionante. Pero buscar consuelo en el pasado sólo sirve para hacernos sentir aún más insatisfechos y poco receptivos a lo que nos rodea y para fortalecer el estancamiento en el que nos encontramos.

– Revel in regret

Esa oportunidad perdida parece haber afectado toda nuestra vida…. Pero, ¿cuál es el sentido de meditar? En realidad tiene una función: proporcionar una coartada para el miedo de volver al juego y lidiar con lo que nos da miedo. Aquí y ahora.

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