Memoria e identidad: dos caras de la misma moneda

Nuestra vida está llena de recuerdos, resultado de procesos de memorización que siguen asombrando y fascinando al hombre, pero no todos tienen el mismo valor: cada uno de nosotros tenderá a recordar mejores acontecimientos (públicos o privados), experiencias, películas o novelas “absorbidas” entre los 15 y los 25 años.Un equipo internacional de investigadores diseñó un estudio muy preciso en el que se invitaba a los participantes a expresar sus preferencias a partir de una lista de canciones y películas ganadoras de los Oscar, todas ellas publicadas entre 1950 y 2005, y en lugar de basarse en la recreación espontánea de la muestra, se adoptó una técnica específica: el reconocimiento del material propuesto por los investigadores. Los resultados destacaron el hecho de que las películas y piezas musicales más reconocidas, así como aquellas cuyo contenido se consideraba más intenso, se estrenaron en el período en que los sujetos involucrados tenían entre 15 y 25 años de edad.

La memoria y la identidad se forman al mismo tiempo

Entre las muchas razones que explican los resultados obtenidos, una, en particular, parece tener un mayor peso específico que las otras: en el período considerado, la corteza cerebral llega a completar su proceso de crecimiento, un acontecimiento que va de la mano de la “construcción” de la identidad individual, entendida como un conjunto de creencias, valores, actitudes e inclinaciones que ayudan a estructurar la personalidad de cada uno. Los investigadores definen la “protuberancia de las reminiscencias” como la tendencia a recordar los eventos experimentados durante la juventud mucho mejor que en otros períodos. Los eventos almacenados en este período, pasando a formar parte de la estructura de la personalidad en la fase de definición, se fijarían con mayor intensidad. No en vano, entre los 15 y los 25 años, las facultades cerebrales alcanzan el ápice de la parábola: las conexiones sinápticas se multiplican desproporcionadamente y la gran cantidad de factores de crecimiento neuronal hace que nuestro cerebro sea particularmente receptivo y plástico.

Pasión, ligereza e ironía: la mezcla para no sucumbir a experiencias negativas

No hay que olvidar que muchos acontecimientos y experiencias clave de la vida se viven por primera vez precisamente en el grupo de edad considerado, asentándose en la memoria como resultado de procesos fisiológicos que pretenden influir en los próximos momentos, por lo que es importante que los jóvenes estén preparados para enfrentarse a las novedades de vivir de la mejor manera posible. ¿Cómo? Proporcionarles las herramientas para interpretar cualquier evento de forma equilibrada, sin excesivo clamor ni demonización. La alegría, el dolor, las metas y las decepciones no son más que aspectos de la vida, tan inevitables como necesarios. Aprender a no identificarse con los propios éxitos o, menos aún, a deprimirse en el primer paso en falso, permitirá mirar al futuro con un espíritu más abierto, posible y constructivo. No somos ni la victoria que recordamos con orgullo ni la derrota que nos avergonzó. Somos seres en camino, en perpetuo devenir, destinados a oscilar entre las polaridades de la vida: pérdidas, ganancias, progresos y regresiones, pero también acontecimientos imprevistos, sufrimientos, golpes de suerte inesperados son rostros de la misma moneda, oportunidades para medirnos con los diferentes aspectos de la naturaleza humana, redefiniendo cada vez nuestra identidad y nuestras creencias: el rebelde, el conformista, el perdedor, el presuntuoso…. Nada es para siempre, todo es transitorio. Entregarse con pasión a las ocasiones de la vida, aceptando con ligereza y una pizca de ironía incluso los acontecimientos más dolorosos, ayudará a no encontrarse esclavos de máscaras y roles que impidan a nuestra verdadera esencia su plena realización.

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