Reconstruir la calma entre la ansiedad y el estrés

Se dice que, en medio de un tornado, hay una calma absoluta. Sea cierto o no, es una imagen que nos lleva a un tema importante. ¿Es posible sentirse en paz, sin ansiedad , incluso en medio del estrés diario, o es necesario esperar a que no pase nada negativo? Según la cultura dominante, basada en la racionalidad, hay que esperar a que las aguas que nos rodean se calmen, pero el riesgo, de esta manera, es vivir anticipándose a las pequeñas treguas, obviamente incapaces de darnos una tranquilidad real. Al mismo tiempo, hay que decir que la suma de deberes y acontecimientos imprevistos que encontramos en ciertos momentos es realmente abrumadora y tiende a sacarnos del centro de nosotros mismos para arrastrarnos al vórtice de las cosas y luego a la ansiedad.

Las estrategias equivocadas aumentan la ansiedad

El problema es complejo: ¿cómo podemos “quedarnos” mientras tenemos que “actuar” , donde esta acción es una continua precipitación en un eslalonamiento de compromisos que no pueden ser eliminados y en una red de afectos esenciales? Las dos estrategias principales con las que la mayoría de nosotros enfrentamos este dilema han fracasado. La primera consiste en resistir a los dientes apretados, poniendo por la fuerza, entre los mil compromisos, momentos “para sí mismos” (masaje, gimnasia, yoga, danza, etc.): una empresa titánica, que sólo aumenta el estrés y la ansiedad, porque esos momentos terminan inmediatamente en la lista de cosas por hacer. La segunda implica la creación, en la mente de uno, de un sueño imposible pero considerado (por desesperación) posible: retirarse a una pequeña casa en el campo, abrir una granja, ir a vivir a Australia, etc. Todas cosas idealistas que, casi siempre, nadie viene a hacer.

Es posible renunciar a la prisa

Pero entonces, ¿cómo se puede hacer? Usted puede abordar el problema hablando, para todos, sobre la “postura mental”. La postura es un término que se utiliza habitualmente para referirse al cuerpo e indica cómo se “levanta” en el espacio y, cuando se mueve, incluso en el tiempo. Podemos usarlo también para la mente: ¿cómo se encuentra frente al tornado diario? Todo se juega aquí: en la posición de la mente frente al “casino” que quiere entrar. Lo primero y fundamental es que la mente mantenga el centro de gravedad en sí misma y que no siga las cosas, que no se pierda en ellas. Para hacer esto tienes que renunciar a la prisa. No los compromisos que hay que afrontar, sino la prisa, el afán, la carrera en el tiempo.

La sabiduría ya está dentro de nosotros

“Pero hay mucho que hacer”, se podría decir. Es cierto, lo son, pero no habrá prisa por ayudarnos. Por el contrario, el estrés aumentará y haremos menos y lo dañaremos. Eliminar la prisa significa decirse a sí mismo: “Haré lo que haya que hacer, pero a la velocidad que yo diga”. Llegar a ser maestros del tiempo, incluso si el tiempo es corto; de hecho, precisamente porque es corto, debe ser manejado con calma y habilidad. Este es el paso decisivo. No hay necesidad de eliminar uno o dos compromisos si la prisa persiste. Es la prisa la que debe ser abolida, imponiendo su propio ritmo a las acciones. Para facilitar esto, debemos aprovechar una parte “sabia” de nuestra mente: es decir, mientras hacemos lo que debemos hacer, imaginemos que en realidad somos sabios que “ya sabemos” cuáles son los tiempos y los caminos correctos (y son tiempos y caminos más lentos). Extraigamos el “Viejo Sabio” o el “Viejo Sabio” presente en nosotros, que nos da equilibrio y no nos hace desvanecer. Este movimiento, que puede parecer artificial, es en realidad muy concreto porque permite a la mente activar funciones que de otro modo no se podrían utilizar.

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Acciones, sin dramas

La activación voluntaria de esta “sabiduría” -un experimento que, desde el principio, producirá asombro por su amabilidad- conduce a otro paso sustancial: la eliminación del sentido de lo dramático. Muchos de nosotros estamos acostumbrados a vivir en el tornado con la idea de que, si no se mantienen al día con todo, lo irreparable sucederá. Hay una anormal atribución de sentido al no poder hacer todo, y esto encubre cada momento de drama, de inminencia, de inadecuación. Pues bien, establecer la propia velocidad consciente, en la que estar presente para uno mismo y no ser secuestrado por las cosas, lo cancela todo, relativiza las cosas y las devuelve a su sentido simple de los deberes cotidianos, y no al de las “pruebas de la vida”. El resultado será sorprendente porque, viviendo cada deber por lo que es, y no como parte de una montaña de ansiedad, todo se hará mejor, de una manera más fluida, e – increíble – ¡puede incluso avanzar en el tiempo!

¡Qué bueno que te llames a ti mismo!

Al principio se impuso a hacer las mismas cosas pero a una velocidad mental más personal de lo habitual puede crear sentimientos de culpa pero en poco tiempo puede sentir el gusto de salir del automatismo colectivo y seguir su propio ritmo. Buscamos este placer -incluso en el deber- y, en resumen, nuestro cansancio se reducirá y las cosas se incrementarán.

La importancia de respirar

Cómo respiramos mientras hacemos las cosas es una de las cosas más descuidadas en Occidente. En cambio, es muy importante. Mientras estamos inmersos en la rutina, intentamos, en la medida de lo posible, recordar nuestra respiración y reequilibrarla. No se necesitan técnicas especiales: sólo se trata de darle un ritmo más tranquilo, relajando los músculos del pecho.

Cortar ramas innecesarias

De todas las cosas que nos imponemos cada día, hay algunas que no son tan necesarias, mientras que otras pueden esperar al menos un rato. Mientras buscamos un ritmo diferente, consideremos si el programa del día es lógico y realista, o si nos estamos preguntando demasiado, como si fuéramos máquinas puras.

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