Si necesitas cambiar tu vida, hazlo ahora o habrá ansiedad.

Un lector psicosomático de Riza nos escribe este e-mail: “Después de años de inactividad, a un paso de 50 años, empecé a trabajar de nuevo a tiempo completo y en casa estalló la crisis. Hijos mayores que tienen rabietas, maridos que toman represalias, amigos a un paso de la jubilación que me miran como un extraterrestre. Como si mi elección estuviera fuera de tiempo, como si volviera a trabajar, hubiera invertido el curso, complicando la vida para todos. Todo el mundo me hace sentir culpable, pero sé que para mí este trabajo ha llegado en el momento oportuno: era hora de cambiar. Sin embargo, parece que nadie lo tiene en cuenta y no tiene sentido explicar que no es un capricho, sino una necesidad. En mi vida nunca he perdido el control, pero ahora vacilo, tengo crisis de ansiedad. No quiero rendirme, sé que estoy luchando por algo vital para mí, pero tampoco quiero poner todo lo demás en riesgo.

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Abandonar los hábitos para detener la ansiedad

Cuando hacemos del control una forma de vida, perderlo nos asusta. Sin embargo, es precisamente renunciando a lo que tenemos que aprender, si no queremos ser atrapados por la ansiedad . En algunos casos, rendirse no significa rendirse, sino obedecer algo que es esencial para nosotros. Por esta razón, el momento de máxima entrega puede coincidir con el momento de máxima adhesión a nuestro ser, de máxima fuerza. No hay nada más que decir, nada que añadir o quitar, ninguna posibilidad de negociación. “Cuando llega el momento, llega el momento”, recuerda Clarissa Pincola Estes, autora del best seller “Mujeres corriendo con lobos”: es una convocatoria, no una propuesta. No eliges irte, si es hora de irte; o quedarte, si es hora de quedarte. No lo haces porque tu amigo te aconseja o porque el tiempo te asegura que será un buen día; ni siquiera porque has arreglado todo lo demás y por fin eres libre. La verdad es que ya es hora.

Responder a las llamadas de la vida si quiere decir adiós a la ansiedad

Las mujeres, que encuentran tiempo para todo, que son las magas de la emergencia, a menudo no dan a este tipo de “llamada” el valor que tiene: posponen, pretenden que todo está bien, en algunos casos incluso prefieren enfermarse. El problema es que, si no reconocemos la urgencia, es casi seguro que nadie lo hará en nuestro lugar. ¿Por qué debería entonces? La llamada es para nosotros, sólo para nosotros. Y no es raro que hipotéticos aliados, sean niños u hombres, traduzcan su apoyo en una concesión que nos hacen y luego les autorizan a presentar la factura, ¡casi siempre salada! Y cuando tenemos la sabiduría para responder, los sentimientos de culpabilidad nos tientan desde todas partes: todo lo que nos rodea mostrará signos de abandono, desde la familia hasta los amigos. Tienes que aguantar, porque tarde o temprano las cosas se normalizan, siempre. Luchar por hacer lo que sabes es un excelente gimnasio: nos fortalece y emancipa a los demás.

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