¿Siempre joven a toda costa? Por eso es que no

Daniela, lectora de Riza Psicosomática, nos escribe: “Tengo 48 años, creo que te ves bien: mi cara siempre ha estado fresca, mi cuerpo delgado y joven. En un momento de fragilidad emocional seguí el consejo de un amigo y reservé tratamientos para vigorizar un rostro que no necesitaba nada. Después de realizarlos, empecé a notar un poco de relajación. Desde aquí empecé a sentirme triste, a tratar de entender lo que había pasado. Ya ha pasado más de un mes y alterno momentos de normalidad con otros de tristeza. El punto es que mi cara, aunque no es perfecta, me alivió mucho. En este momento creo que no estoy contento, no puedo aceptar el hecho de que haya cometido un error tan grande. Desearía tener una varita mágica para poder volver…”

Demasiada seguridad oculta la fragilidad

Hoy en día, la importancia de mantenerse joven y bella durante el mayor tiempo posible se enfatiza como nunca antes. Pensemos: si fuera precisamente esta juventud a toda costa asegurar que, quizás en un período de tiempo, el fantasma de estar ahora “anticuado” se manifieste con todo su pesimismo, empujándonos a tomar decisiones arriesgadas? La dificultad para aceptar el envejecimiento como un desarrollo natural significa que el alma se ve obligada a enviarnos una fuerte señal para sacudirnos. Daniela dice que siempre ha tenido mucha confianza en sí misma, siempre se ha considerado una mujer hermosa, con un rostro particularmente fresco. Pero toda esta seguridad ocultaba una gran fragilidad emocional, que explotó tras el desafortunado resultado del tratamiento.

La obsesión por la apariencia empobrece la existencia

A veces sucede que nuestros miedos, inseguridades y modelos de perfección constantemente re-propuestos nos llevan a mirar lo que ya no tenemos. Así que, empecemos una búsqueda tan agotadora como inútil en el mundo: querer mejorar de esta manera resulta contraproducente porque nos aleja cada vez más de nuestra esencia. Esta actitud nos lleva a pedir a otros confirmaciones y reconocimientos continuos que nunca son suficientes. Daniela escribe en otro paso del correo electrónico: “Empecé a dudar de lo que veía al reflexionar sobre mí mismo y constantemente pido opiniones a mi familia y amigos. Algunos dicen que veo daños que no existen, o que ya existían pero que yo no vi, otros los minimizo. Se ha creado una verdadera cultura de la competencia estética que se convierte en una peligrosa obsesión. Con demasiada frecuencia nuestra sociedad valora y exalta acríticamente el aspecto físico como una herramienta para el éxito y la realización personal.

Sólo puedes hacerlo si redescubres tu profundidad

Ahora que el “daño” está hecho y la crisis está en marcha, ¿qué debe hacer Daniela? Ella misma lo dice: “Soy madre de tres hijos adultos y este hipo me ha hecho reflexionar sobre la importancia, en este momento, de hacer algo que devuelva el sentido a mi existencia, más allá de la apariencia”. Así es: es inútil seguir quejándose del resultado de los tratamientos y lamentar la cara de ayer, mucho mejor invertir los recursos que tienes para volver a ser protagonistas de sus vidas. Pero tenemos que hacerlo de una manera nueva, abandonando los modelos de perfección – no sólo la estética, destinada al fracaso. Volver a una pasión antigua o descubrir otras nuevas restaurará la serenidad perdida de Daniela, con más de mil tratamientos.

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