Sintonízate a ti mismo

Pruebe este ejercicio imaginativo, que llamaremos “ejercicio de escala descendente” una vez a la semana. En un lugar tranquilo, memorice el texto en grandes líneas, luego cierre los ojos e imagine el camino.

Mira lo que pasa dentro de ti
Cierra los ojos. Intenta llamar la atención hacia el interior: “¿Qué hay dentro de mí ahora, ahora mismo, en este momento? Vuelva a abrir los ojos. ¿Viste lo que había allí? Tristeza, felicidad, amargura, vacío, quietud, curiosidad, ansiedad, ira…. También puedes decir: “Nada, no siento nada.

Imagina bajar una escala
Ahora da un segundo paso. Cierra los ojos y vuelve a percibir “lo que hay ahora”, pero con una diferencia: imagina que hay una escalera y que puedes bajar por ella, entrar en la oscuridad y dejar allí las sensaciones que estabas sintiendo. Da un paso, dos pasos… Baja un rato y luego para… ¿Qué hay dentro de ti ahora? Mira atentamente, sientes tu estado, luego abres los ojos de nuevo.

Escucha tus sentimientos
Has experimentado el mundo interior: primero por el impacto, luego tratando de descender a la oscuridad. ¿Ha cambiado tu estado de ánimo a medida que descendiste? Para algunos la inquietud aumenta y se manifiesta más fuerte, para otros puede venir en cambio un sentimiento de paz.

Descenso al placer
Cierra los ojos. Ahora vayan un poco más abajo que antes, más abajo y, a medida que bajan, observen lo que está sucediendo dentro de ustedes y sigan bajando hasta que lleguen a un punto en el que se den cuenta de que están en paz. Siempre más abajo…. aún más abajo…. hasta el punto de que, inexplicablemente, empieza a llegar una sensación de tranquilidad, de placer, o incluso de deseo, una excitación que viene de la oscuridad, sin razón y sin objeto….

Pierda, y luego vuelva a abrir los ojos
Ve aún más abajo, hasta que sientas que has llegado a la casa de la nada: no hay nada, pero es la nada en la que te expandes, en la que te pierdes. Ahora puedes volver a abrir los ojos.

El resultado
¿Para qué sirve este ejercicio? Entrenarnos para no hacer más lo que hacemos constantemente: buscar una explicación, una causa para todo lo que sentimos. Como si fuéramos extraños para nosotros mismos. Hay que encontrar una naturalidad diferente, dejar que cada emoción realice su función, no oponerse. ¿Ha llegado una envidia aterradora, una envidia muy fuerte? Pues bien, percibo la envidia, los celos, la ira como si fueran las hojas de mi planta, sin discutir, sin tratar de cambiarlas, sin tratar de enviarlas lejos. Como el campesino que siembra las semillas miro el dolor, observo que hay, me abandono, dejo que se expanda dentro de mí, y poco a poco desciendo con él en la oscuridad hasta el punto en que nos separamos los unos de los otros. No sé la causa y no quiero saberlo. No tengo que hacer nada para “arreglar las cosas”, sólo tengo que mirar mi suelo, mirarlo bien. Si entierras las semillas, entonces cada uno de esos estados internos puede florecer: de una separación surgen nuevos encuentros, de una decepción un cambio de rumbo, y así sucesivamente.

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